En la opinión de Paola Rodriguez.
Una reforma de por sí fallida y dirigida al fracaso desde su creación, no podía tener otro resultado que una elección igualmente fallida.
Se tuvo un nivel de participación ciudadana donde ni siquiera los muertos que votaron alcanzaron para llegar al 15%. Aunque, ciertamente no podemos comparar en su totalidad estas elecciones por tratarse de un proceso extraordinario, pero, además, para cargos que nunca se habían elegido mediante sufragio, sigue siendo igualmente un fracaso con todas sus letras.
A esto le podemos sumar la poca unidad nacional que se vivió, y que estuvo peor que cuando se les ocurrió la brillantísima idea de unir partidos contrarios en favor de una candidata que no logró despertar los ánimos suficientes para que la gente se volcara a las urnas. Queda claro que el problema no es unir fuerzas, sino en favor de quién o de qué, y se ve que no lo han tenido claro.
También en esta ocasión, a la oposición (entiéndase por cualquier grupo de personas que están en contra de Morena) se le ocurrieron ideas que en su cabeza sonaban bastante vanguardistas, como llamar a “no” votar en rechazo al ejercicio que al final nada tuvo de democrático, o incluso, a utilizar los mismos métodos para ver si ganaban los afines, aun y cuando se tratara de “aliados” no competentes para ocupar los cargos.
En definitiva, hay un descontento generalizado que fácilmente se aborda desde distintos puntos de vista, y la elección deja muchas interrogantes de índole moral. La realidad es que ninguno de nosotros estábamos de acuerdo con que se llevara a cabo la elección, pero a ninguno nos estaban preguntando si la queríamos o no, sino “por quién queríamos votar,” y ¿cómo no va a ser obvio que quedaron los candidatos de Morena en muchos cargos, si el resto no salimos a participar?, ¿qué hubiera pasado si nos hubiéramos efectivamente unido para salir a votar en contra de lo que nos querían imponer y usar el sistema a nuestro favor?
El momento indicado para estar en desacuerdo con todo lo que está pasando hoy, no inició con esta elección, inició desde la última campaña de López Obrador en 2018, donde, quienes, desde su esfera de poder, tenían que poner atención al apoyo ciudadano que estaba reuniendo, no lo hicieron; lo mismo cuando empezó con las reformas que han debilitado las garantías individuales y cuando se quedó con la mayoría en el Congreso.
Ya ni siquiera se trata de defender al sistema democrático decadente de nuestro país, se trata simplemente de mantener activas las instancias, herramientas y armas que salvaguarden la posibilidad de cuidar el sueño que ha tenido México toda su existencia: un buen gobierno, una verdadera república. Pareciera que en México ya nos acostumbramos a iniciar las revoluciones y los cambios hasta que está tronando la burbuja.
Es claro que todo lo que estamos viviendo ahora es producto de una carencia de liderazgos, pero de liderazgos buenos, virtuosos, que tengan ideales y propósitos claros.
Mucha grilla y poco rumbo.





