Esta semana, la ciudad nos ofrece un espectáculo que combina el pánico internacional, la indiferencia local y una economía que parece desangrarse a cámara lenta. Entre etiquetas de “politerroristas”, alertas de viaje que pintan a Chihuahua como zona de guerra y maquilas que se van porque, aparentemente, los salarios juarenses son ahora de jeques árabes, Juárez sigue siendo un rompecabezas donde ninguna pieza encaja. Abróchense los cinturones, que este viaje viene con turbulencia.
Según declaraciones recientes en EE. UU., a las fuerzas del orden público se les debería llamar “politerroristas” porque presuntamente trabajan para la maña. Un término que lo dice todo y nada. Es el nombre con que se busca justificar medidas más drásticas, con el mismo discurso espectacular que convierte una realidad compleja en política del miedo. Si alguien aún creía que las críticas al sistema de seguridad eran un tema interno, ahora ya son parte del lenguaje de guerra fronteriza.
Lo irónico no es la advertencia, sino que sea el mismo país que inunda México de armas el que ahora se lava las manos como Pilatos. ¿Preocupación genuina o teatro geopolítico? La línea es tan delgada como la frontera que dicen proteger.
Por lo pronto, en Juárez seguimos contando asesinatos en agosto y esperando que alguien, cualquiera, haga algo más que tuitear condolencias. ¿Medidas, señor alcalde? Porque su famosa frase de “tomaremos las medidas que debamos tomar” sigue siendo tan útil como un paraguas en una balacera. ¿O es que, como siempre, está demasiado ocupado en modo electoral para notar que la ciudad se desmorona?
Y como si el mote de “politerroristas” no fuera suficiente, el Departamento de Estado de EE. UU. ha actualizado su alerta de viaje, pidiendo a sus ciudadanos que “reconsideren” visitar Chihuahua, con un énfasis especial en Juárez, donde Anapra es catalogada como zona de “no viajar”. ¡Qué honor, Juárez, en el top de los destinos que espantan a los gringos!
Según el informe, la impunidad, los crímenes, las desapariciones y los ataques a la prensa hacen de Chihuahua un lugar tan seguro como un paseo nocturno por un callejón sin alumbrado. Pero, un momento, ¿no era que todo estaba “bajo control”? Eso nos dijo el alcalde, con esa seguridad de quien parece vivir en una realidad alterna.
Mientras el gobierno local se dedica a minimizar los homicidios como si fueran multas de tránsito, los estadounidenses reciben un memorándum que pinta a Juárez como el escenario de una película de terror. Y no, no es que los gringos sean exagerados; es que la ciudad está atrapada en un ciclo de violencia donde las balas vuelan más rápido que las soluciones. ¿Dónde están los programas de cohesión social, las detenciones de alto impacto, los planes de seguridad que no sean solo discursos? Porque mientras el mundo nos ve como un polvorín, nuestras autoridades parecen ocupadas planeando la próxima foto de campaña. ¿Saben en qué ciudad viven o están tan metidos en sus burbujas que no ven el fuego?
Y para rematar, la economía de Juárez recibe otro golpe: las maquiladoras, esas vacas sagradas de la frontera, están haciendo las maletas porque, según ellas, los salarios en la ciudad son “demasiado altos”. ¡Por favor, contengan la risa! En una ciudad donde el sueldo promedio apenas alcanza para el camión y un taco al día, Desarrollo Económico tiene el descaro de culpar a los “altos salarios” por la fuga de empresas que prefieren países donde el trabajo es aún más barato. ¿Desde cuándo 400 pesos diarios son un lujo insostenible?
La realidad es más cruda: las empresas se van porque el entorno —aranceles de Trump, inseguridad galopante, infraestructura que se cae a pedazos— las está asfixiando. Pero, claro, es más fácil culpar a los trabajadores que admitir que Juárez es un campo minado para los negocios. Mientras, el gobierno estatal promete un “repunte” con nuevas inversiones taiwanesas. ¿Otro comité binacional? ¿Más ferias de empleo con vacantes de 12 horas? Porque los 850 empleos perdidos en julio no se recuperan con promesas ni con bardas pintadas. ¿Dónde está el plan para diversificar la economía, para no depender de maquilas que huyen a la menor provocación? Porque mientras los empresarios se quejan de “costos”, los juarenses pagan el verdadero precio: desempleo, incertidumbre y una ciudad que se queda sin futuro.




