Chihuahua se convierte en el primer estado de México en prohibir el uso del mal llamado “lenguaje inclusivo” en la educación básica, un movimiento que atiende de frente la batalla cultural contra la filosofía woke que ha intentado colarse en las aulas como un virus disfrazado de empatía.
El Congreso local emitió el decreto que veta términos como “todes” o “elle” en textos, clases y materiales escolares, argumentando que el español ya es inclusivo por naturaleza y que estas innovaciones generan confusión en lugar de claridad.
Y no, no se trata de intolerancia ni de censura, sino de sentido común. La educación básica debe enseñar español, no ideología. Al hacerlo, el gobierno estatal le da una cachetada con guante blanco a esa corriente filosófica woke que tanto ruido hace y tan poco aporta. La medida marca un precedente nacional: la batalla cultural también se libra desde las aulas, y Chihuahua ha decidido pelearla de frente. Bien por Chihuahua.
En un país donde la educación ya lidia con calendarios recortados por fines de semana largos y reformas que patinan, esta prohibición es un soplo de cordura, un recordatorio de que las aulas deberían formar mentes libres, no adoctrinarlas con eufemismos que suenan a experimento social. Imaginen: maestros libres para enseñar el lenguaje de Cervantes sin el peso de manuales que reescriben la gramática para encajar en modas transatlánticas, y estudiantes que aprenden a expresarse sin que un pronombre inventado les robe el foco.
Porque si el woke ha intentado teñir todo de arcoíris obligatorios –desde campañas publicitarias hasta leyes que censuran el disenso–, Chihuahua responde con un “no gracias” que resuena como un grito de independencia tardío. Bien por el estado que elige la claridad sobre la confusión, la tradición sobre la imposición, y las aulas como espacios de conocimiento, no de experimentos.
Pero si la educación básica gana terreno, el Parque El Chamizal –ese pulmón federal que debería ser el verde oasis de Juárez– se consume en un lento suicidio asistido por la indiferencia de administraciones que van y vienen como turistas en temporada. Trescientos cincuenta árboles secos, clavados en la tierra como lápidas olvidadas, esperan que alguien los retire tras un decreto que prohíbe talar en el sitio binacional, dejando al parque en un limbo ecológico que huele a negligencia crónica.
El Chamizal, ese símbolo de soberanía recuperado en 1964 tras la disputa por el Río Bravo, es ahora un cementerio vegetal: encinos, fresnos y olmos marchitos por plagas, sequía y un mantenimiento que brilla por su ausencia, mientras el viento del desierto acelera el desastre. Qué inaudito: un parque federal, custodiado por tratados internacionales, reducido a un baldío donde los vivos se pudren en pie porque Semarnat y el municipio no se ponen de acuerdo en quién empuña la sierra.
¿Cuánto costaría un programa de reforestación? ¿O al menos retirar los muertos para plantar nuevos? El Chamizal es un parque que parece un bosque encantado… de esqueletos.
En otro orden de ideas, las autoridades arrancan un operativo masivo que busca contener la violencia en Juárez, con Ejército, Guardia Nacional y policía municipal desplegando retenes, patrullajes y puntos de revisión en avenidas clave, prometiendo una respuesta “integral”. La SSPE, con Gilberto Loya al frente –aquel que baila por el estado mientras caen cámaras en Ojinaga–, lo vende como el bálsamo que la ciudad necesita: más uniformes, más presencia, más “proximidad” para frenar el repunte que Sheinbaum le recriminó a Pérez Cuéllar.
Pero, un momento, ¿en verdad se necesita más de esto –más retenes inconstitucionales que paran autos como si fueran fiestas sorpresa, más soldados en calles que deberían patrullar civiles capacitados– o es hora de apostar por inteligencia y estrategia policial que desmantele raíces en lugar de podar hojas?
Porque mire, los operativos masivos suenan a remedio de resaca: alivian el dolor de cabeza, pero no curan la cruda. La GN y el Ejército, con sus retenes, podrían ser el martillo que aplasta moscas, pero sin inteligencia –esa que infiltra redes y anticipa golpes– la violencia rebota como una pelota en pared. Estos retenes son un paso, sí, pero si no van acompañados de estrategia –análisis de patrones, colaboración con la Fiscalía–, serán solo un desfile de uniformes que distrae del problema real.
Porque la violencia en Juárez no se contiene con más botas; se desarma con mentes que conecten puntos. Los operativos masivos prometen calma, pero Juárez sabe que la verdadera paz no llega en oleadas; llega en raíces arrancadas.





