En Chihuahua se están encendiendo las alarmas. No por un tema climático ni por los semáforos viales, sino por algo mucho más grave: el secuestro extorsivo. De acuerdo con cifras recientes —Chihuahua cierra el año con 120 secuestros extorsivos, un 36 % más que en 2024, superando el pico de 2011, con Juárez contribuyendo con 42 casos, de esos “exprĂ©s” que dejan secuelas eternas, y el estado escalando a 14.6 por cada 100 mil habitantes—, un dato que deberĂa quitarnos el sueño. Porque, aunque los discursos oficiales se empeñen en decir que “vamos bien”, la realidad es que cada cifra roja es una familia rota, una historia de miedo, un ciudadano menos que confĂa en las autoridades. Un delito que clama por más que retenes militares o mesas eternas de trabajo.
QuĂ© escalada tan siniestra: volvemos a ese borde donde las extorsiones no distinguen entre yonqueros o comerciantes, y la impunidad hace que el rescate sea solo el principio del calvario. Esto no es casualidad; es el fracaso de una estrategia que presume operativos masivos, pero ignora la raĂz: la falta de inteligencia que desmantele redes, no que las espante a rutas alternas.
Lo más preocupante, además del incremento de este delito, es el recuerdo que evoca. Aquel Juárez de hace quince años que nos ubicó como la ciudad más peligrosa del mundo, donde la extorsión y el secuestro eran moneda corriente y donde todos —absolutamente todos— aprendimos a vivir con miedo. Hoy, cuando el fenómeno vuelve a asomar la cabeza, parece que nadie tiene la voluntad o la capacidad de enfrentar de verdad la crisis.
Y mientras los ciudadanos buscamos sobrevivir entre la inseguridad, los polĂticos siguen con sus pleitos de salĂłn. El caso más reciente lo protagoniza Ulises Pacheco, quien tuvo que anunciar su salida de la DirecciĂłn de Derechos Humanos de la SSPE para asumir la dirigencia local del PAN. La decisiĂłn, aunque legalmente obligada, expone el enredo polĂtico que lo envuelve.
Fue el propio alcalde Cruz PĂ©rez CuĂ©llar quien lo puso bajo el reflector, señalando la contradicciĂłn de ser funcionario y dirigente a la vez. Lo que siguiĂł fue una exhibida monumental: un polĂtico panista que, lejos de fortalecer su partido, terminĂł atrapado en una discusiĂłn burocrática que solo alimenta la percepciĂłn de que el PAN local no tiene rumbo ni carácter.
QuĂ© exhibida tan pĂşblica: Pacheco, ratificado en septiembre con pompa azul, se ve obligado a renunciar porque la ley no permite que un presidente local de cualquier partido sea director de Derechos Humanos al mismo tiempo en una dependencia gubernamental. Un detalle que el alcalde usĂł como dardo para recordar que las invitaciones a torres de vigilancia no son neutrales; son trampas polĂticas. “La ley es la ley”, soltĂł PĂ©rez CuĂ©llar en rueda de prensa, con la sonrisa de quien ve al rival tropezar en su propia alfombra.
El PAN chihuahuense jugando con fuego: mientras el partido se relanza con marchas masivas y elogios de Anaya a Campos, Pacheco queda como el que tropieza en la ley que Ă©l mismo deberĂa conocer.
Y en Morena no pintan mejor las cosas. Volvamos al que solo está enfocado en su campaña: Cruz Pérez Cuéllar. Las calles de Juárez siguen llenas de baches, la basura se acumula en las esquinas, las fuentes de trabajo se agotan y la ciudad parece estancada, pero el alcalde anda en lo suyo: campaña, campaña y más campaña.
No hay evento al que no asista, no hay reflector que deje pasar. Su obsesiĂłn ahora es conquistar Chihuahua capital, territorio donde pretende construir su plataforma para pelear la gubernatura. Es su todo o nada. Sabe que si no logra hacerse con esa candidatura, su carrera se apaga. Por eso está dispuesto a vender cara su derrota, tan cara que hasta Morena podrĂa pensarlo dos veces antes de dejarlo fuera.
Sin embargo, su mayor obstáculo no está en los votos, sino en el ADN autoritario del partido al que pertenece. En Morena no se negocia el poder: se acata. Y Cruz, con su estilo bronco y su discurso desafiante, es todo lo contrario a la docilidad que exige el sistema. Vamos viendo cómo le va.
Por otro lado está la senadora Andrea Chávez, quien parece haber perdido el sentido de la prudencia polĂtica. Sus alianzas dicen más de ella que cualquier discurso. En su Ăşltimo informe, el Ăşnico gobernador que la acompañó fue RamĂrez Bedolla, de Michoacán, un polĂtico ya en el ocaso, desplazado por el mismo movimiento que alguna vez lo encumbrĂł. Antes de Ă©l, su cĂrculo lo integraban Adán Augusto LĂłpez —otro que ya cayĂł en desgracia—; le quedan Gerardo Fernández Noroña y Javier Corral. Vaya personajes los que apoyan a la senadora en su delirio por ser gobernadora de Chihuahua.
Andrea colecciona aliados que van cayendo uno a uno del mapa de Morena, pero eso no la detiene: sigue convencida de que puede ser la prĂłxima gobernadora de Chihuahua. Tal vez no ha entendido que los sĂmbolos importan, y que rodearse de figuras marginadas es una forma segura de marchar hacia el mismo destino. O cambia de estrategia, o estará destinada a Ă©l.
ÂżY si se enfocaran en unir a su partido?





