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Ciudad Juárez, Chih. México
11 de mayo 2026
2:14 pm

Dirección: Héctor Javier Mendoza Zubiate

El regreso del miedo (y del descaro)

En Chihuahua se están encendiendo las alarmas. No por un tema climático ni por los semáforos viales, sino por algo mucho más grave: el secuestro extorsivo. De acuerdo con cifras recientes —Chihuahua cierra el año con 120 secuestros extorsivos, un 36 % más que en 2024, superando el pico de 2011, con Juárez contribuyendo con 42 casos, de esos “exprés” que dejan secuelas eternas, y el estado escalando a 14.6 por cada 100 mil habitantes—, un dato que debería quitarnos el sueño. Porque, aunque los discursos oficiales se empeñen en decir que “vamos bien”, la realidad es que cada cifra roja es una familia rota, una historia de miedo, un ciudadano menos que confía en las autoridades. Un delito que clama por más que retenes militares o mesas eternas de trabajo.

Qué escalada tan siniestra: volvemos a ese borde donde las extorsiones no distinguen entre yonqueros o comerciantes, y la impunidad hace que el rescate sea solo el principio del calvario. Esto no es casualidad; es el fracaso de una estrategia que presume operativos masivos, pero ignora la raíz: la falta de inteligencia que desmantele redes, no que las espante a rutas alternas.

Lo más preocupante, además del incremento de este delito, es el recuerdo que evoca. Aquel Juárez de hace quince años que nos ubicó como la ciudad más peligrosa del mundo, donde la extorsión y el secuestro eran moneda corriente y donde todos —absolutamente todos— aprendimos a vivir con miedo. Hoy, cuando el fenómeno vuelve a asomar la cabeza, parece que nadie tiene la voluntad o la capacidad de enfrentar de verdad la crisis.

Y mientras los ciudadanos buscamos sobrevivir entre la inseguridad, los políticos siguen con sus pleitos de salón. El caso más reciente lo protagoniza Ulises Pacheco, quien tuvo que anunciar su salida de la Dirección de Derechos Humanos de la SSPE para asumir la dirigencia local del PAN. La decisión, aunque legalmente obligada, expone el enredo político que lo envuelve.

Fue el propio alcalde Cruz Pérez Cuéllar quien lo puso bajo el reflector, señalando la contradicción de ser funcionario y dirigente a la vez. Lo que siguió fue una exhibida monumental: un político panista que, lejos de fortalecer su partido, terminó atrapado en una discusión burocrática que solo alimenta la percepción de que el PAN local no tiene rumbo ni carácter.

Qué exhibida tan pública: Pacheco, ratificado en septiembre con pompa azul, se ve obligado a renunciar porque la ley no permite que un presidente local de cualquier partido sea director de Derechos Humanos al mismo tiempo en una dependencia gubernamental. Un detalle que el alcalde usó como dardo para recordar que las invitaciones a torres de vigilancia no son neutrales; son trampas políticas. “La ley es la ley”, soltó Pérez Cuéllar en rueda de prensa, con la sonrisa de quien ve al rival tropezar en su propia alfombra.

El PAN chihuahuense jugando con fuego: mientras el partido se relanza con marchas masivas y elogios de Anaya a Campos, Pacheco queda como el que tropieza en la ley que él mismo debería conocer.

Y en Morena no pintan mejor las cosas. Volvamos al que solo está enfocado en su campaña: Cruz Pérez Cuéllar. Las calles de Juárez siguen llenas de baches, la basura se acumula en las esquinas, las fuentes de trabajo se agotan y la ciudad parece estancada, pero el alcalde anda en lo suyo: campaña, campaña y más campaña.

No hay evento al que no asista, no hay reflector que deje pasar. Su obsesión ahora es conquistar Chihuahua capital, territorio donde pretende construir su plataforma para pelear la gubernatura. Es su todo o nada. Sabe que si no logra hacerse con esa candidatura, su carrera se apaga. Por eso está dispuesto a vender cara su derrota, tan cara que hasta Morena podría pensarlo dos veces antes de dejarlo fuera.

Sin embargo, su mayor obstáculo no está en los votos, sino en el ADN autoritario del partido al que pertenece. En Morena no se negocia el poder: se acata. Y Cruz, con su estilo bronco y su discurso desafiante, es todo lo contrario a la docilidad que exige el sistema. Vamos viendo cómo le va.

Por otro lado está la senadora Andrea Chávez, quien parece haber perdido el sentido de la prudencia política. Sus alianzas dicen más de ella que cualquier discurso. En su último informe, el único gobernador que la acompañó fue Ramírez Bedolla, de Michoacán, un político ya en el ocaso, desplazado por el mismo movimiento que alguna vez lo encumbró. Antes de él, su círculo lo integraban Adán Augusto López —otro que ya cayó en desgracia—; le quedan Gerardo Fernández Noroña y Javier Corral. Vaya personajes los que apoyan a la senadora en su delirio por ser gobernadora de Chihuahua.

Andrea colecciona aliados que van cayendo uno a uno del mapa de Morena, pero eso no la detiene: sigue convencida de que puede ser la próxima gobernadora de Chihuahua. Tal vez no ha entendido que los símbolos importan, y que rodearse de figuras marginadas es una forma segura de marchar hacia el mismo destino. O cambia de estrategia, o estará destinada a él.

ÂżY si se enfocaran en unir a su partido?

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