Mire qué complicado panorama estamos viviendo… ¿le hablaremos de la marcha de los agricultores y transportistas del día de ayer, de la marcha de hoy de las mujeres en la CDMX, o de la del viernes 30 de noviembre que convocan los militares en retiro… sí, leyó usted bien, militares en retiro; o de la marcha del tigre que convoca Sheinbaum para el 6 de diciembre; o le hablamos del diputado Attolini que dio su informe en el pancracio, sí, arriba de un ring; o de las amenazas de Rosa Icela, la secretaria de Gobernación, hacia los líderes que impulsan las manifestaciones de ayer; o si Perú ya dijo que está evaluando invadir nuestra…? Y mire, le podemos seguir con treinta temas más. Escogeremos los de mayor impacto:
El país amaneció detenido. Agricultores y transportistas hicieron exactamente lo que venían advirtiendo desde hace semanas: paralizaron los accesos estratégicos para obligar al gobierno federal a escucharlos. No quieren mesas de fotos ni discursos vacíos; exigen resultados, respeto a su trabajo y ser tratados no como moneda de cambio ni como votos fáciles en campañas, sino como ciudadanos que claman resultados a quienes ostentan el poder.
“Son mentiras lo que dice nuestra presidenta”, reclamó Yaco, un agricultor desde la barricada, respondiendo a las declaraciones de Claudia Sheinbaum que prometían “mesas de diálogo abierto” y foros de consulta para la reforma de la Ley de Aguas Nacionales. Pero qué consulta tan hueca: los productores juran que solo hubo dos foros —uno presencial y uno virtual— sin voz para el norte, donde la iniciativa centraliza concesiones en manos federales y amenaza con discrecionalidad que secaría presas como La Boquilla antes de regar un solo campo.
Sus mensajes desde la frontera fueron claros, directos y contrastaron con la narrativa optimista del gobierno. La distancia entre el campo y la capital no es geográfica: es política.
Mientras el país discute bloqueos y respuestas oficiales, en Juárez ocurrió un movimiento político que nadie quiso anunciar, pero que todos están leyendo.
Un desayuno en un fino restaurant terminó convirtiéndose en un sismógrafo político. Ahí estuvo Marco Bonilla, el alcalde de Chihuahua capital y el panista mejor posicionado rumbo a 2027, quien no apareció para cumplir un compromiso protocolario, sino para probarse en la cancha más difícil del estado.
La sorpresa no fue su asistencia, sino quiénes acudieron a escucharlo. Empresarios y actores políticos relevantes —incluidos grupos que históricamente han sido críticos y celosos de la relación con el poder estatal— decidieron sentarse, cuestionar y poner sobre la mesa reclamos viejos y nuevos: abandono de sectores estratégicos, falta de interlocución real, incertidumbre jurídica y la eterna sensación de que Chihuahua capital mira a Juárez como una nota al pie.
En esa conversación destacó Adriana Fuentes, reconocida por representar al sector privado que realmente pesa. Ella no endulzó nada: llevó al centro de la mesa lo que Juárez padece y exige desde hace décadas.
También estuvo el exgobernador priista José Reyes Baeza, cuya intervención cambió el tono de la reunión. Sin estridencias, sin pleitos, habló de estabilidad, reconciliación y visión de Estado. No fue un discurso para aplausos: fue un recordatorio de que el 2027 no se ganará con ocurrencias ni con soberbia, sino con alianzas reales.
Y en medio de todo eso, Bonilla hizo lo que más llamó la atención: escuchó. Sin poses, sin el tono que tanto irrita a la frontera, habló con datos, con respeto y con un mensaje que pocos se atreven a decir sin cliché: “Juárez es la ciudad más estratégica del país”.
Esa frase —dicha sin titubeos— no pasó desapercibida. Para muchos, ese fue el verdadero encabezado del desayuno.
Y mientras en Juárez se reordenan fuerzas políticas, en la capital del país se vive un dilema que ya preocupa a especialistas, empresarios y aliados internacionales: el Plan México sigue sin arrancar.
En teoría es el proyecto estrella de la presidenta: crecimiento, infraestructura, relanzamiento industrial y una narrativa de prosperidad compartida. En la práctica, todo está en una cuerda floja.
El problema no es técnico; es político. La polarización —que en campaña es útil, que da identidad y unidad a la base dura— se convierte en veneno cuando llega la hora de atraer inversión privada. Ningún empresario firma un cheque cuando siente que el gobierno lo ve como adversario ideológico.
Y la realidad es que un país no crece solo con discursos, programas sociales o mañaneras: crece cuando el capital se mueve. La señal más evidente de que algo no marcha bien fue la reunión reciente entre la presidenta y Carlos Slim.
Cuando el empresario más importante del país pide audiencia urgente, no es para hablar de anécdotas: es porque ve riesgos. Riesgo en la incertidumbre jurídica, riesgo en la intervención excesiva del Estado, riesgo en el desgaste político que se está comiendo la confianza económica.
En resumen: sin inversión no hay Plan México. Sin estabilidad no hay inversión.
Y aunque la presidenta quiere sostener un discurso de defensa del proyecto, cada golpe retórico contra la oposición, cada pleito innecesario y cada guiño a la polarización le resta aire a un plan que requiere exactamente lo contrario: moderación, profesionalismo, certidumbre y un país donde no todo parezca un campo de batalla.
El segundo piso de la 4T no se construirá con aplausos, sino con inversión real. Y hoy ese capital está mirando con cautela… o de plano desde lejos.





