Juárez amanece con el eco de los villancicos que anoche retumbaron en la ciudad y el olor a ponche que se mezcla con el diésel de los tráileres que nunca dejan de rodar. Las familias se reunieron alrededor de mesas que, en muchos casos, se estiraron con creatividad para que alcanzara: tamales de la tía, buñuelos de la abuela y un pavo que alguien consiguió en oferta antes de que los precios subieran otro 10%.
Hubo abrazos, risas, niños que abrieron regalos envueltos con papel periódico porque el papel de regalo ya es un lujo. Pero debajo de la mesa, invisible para las fotos de Instagram, hay una realidad que no se disfraza con luces LED: la cuesta de enero ya está aquí, y viene más empinada que nunca. En fin, antes de llegar a la Nochevieja, iniciemos con un recuento de datos y estadísticas:
En lo que va del mes, el flujo vehicular en los cruces fronterizos subió un 42%, según datos de la Aduana. No es solo el regreso de paisanos ni el turismo de fin de año: es también el efecto del decreto de regularización de autos chocolate, ese que el gobierno federal lanzó con fanfarria en 2021 y que ha seguido mutando como un virus benigno pero persistente. Miles de vehículos que entraron “legalizados” con pagos simbólicos ahora circulan con placas mexicanas, pero sin seguro obligatorio real, sin verificación vehicular seria y, en muchos casos, sin cumplir con las normas de emisiones.
¿Resultado? Más autos en las calles, más congestión en los puentes, más filas kilométricas en las casetas y, claro, más accidentes. Porque cuando se regulariza sin control, lo que se legaliza es el caos.
Y hablando de caos vial, las cifras de accidentes en motocicletas son un puñetazo en el estómago: tres veces más fatales que en autos. En Juárez, donde las motos son el transporte de los que no pueden pagar un vehículo y a veces ni seguro, el riesgo se multiplica: sin casco obligatorio efectivo, sin carriles exclusivos, sin cultura vial que respete al más vulnerable.
Cada choque fatal en moto es una familia que pierde al sostén económico, un niño que se queda sin papá, una madre que ahora carga sola la casa. Las autoridades prometen campañas y operativos, pero mientras no haya infraestructura (carriles segregados, iluminación en periferias) y sanciones reales (no solo multas que se negocian en el momento), las motos seguirán siendo ataúdes rodantes con motor de 150 cc.
Y mientras Juárez lidia con tráfico, accidentes y el fantasma de la cuesta de enero, a nivel nacional el panorama es aún más sombrío: México cierra 2025 con una deuda pública récord. Según el reporte de Hacienda, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público (SHRFSP) alcanzó los 18.3 billones de pesos, un incremento del 12.3% real respecto al año anterior. La deuda externa creció 15%, la interna 10%, y el costo financiero (pago de intereses) se disparó a niveles que superan el presupuesto de salud y educación combinados.
¿Quién paga? Todos. La deuda per cápita ya ronda los 140 mil pesos por mexicano, incluyendo bebés y abuelos. Mientras tanto, el gobierno presume “austeridad republicana” y “no hay condonaciones”… salvo las que sí hay, claro, como el descuento millonario a Salinas Pliego o las reestructuraciones de deuda estatal que terminan costando más en intereses a largo plazo.
La cuesta de enero no será solo en enero. Es el mes donde se pagan los regalos de diciembre con tarjetas de crédito al 60% anual, donde el gas LP sube porque el subsidio se acaba, donde la luz llega con el consumo navideño incluido, donde los colegios privados cobran inscripción y útiles, y donde la despensa se encarece porque la inflación de alimentos no bajó del 5%. Y en Juárez, con 42% más autos en circulación y tres veces más riesgo en moto, la cuesta no solo es económica: es vial, es emocional, es existencial.
Aunque la cuesta de enero ya esté tocando la puerta, vamos deseándoles que el 2026 traiga menos deudas y más hechos. Menos selfies y más abrazos. Menos promesas y más caminos seguros. Porque al final, en esta frontera de contrastes, la verdadera luz no se compra con presupuesto. Se enciende cuando alguien decide no rendirse. Y aquí, nadie se rinde.





