El viernes pasado, el empresario juarense Thor SalayandĂa Lara hizo algo que, en apariencia, podrĂa parecer trivial: notificĂł a la prensa local y estatal su cambio oficial de nombre, dejando atrás el apodo cariñoso con el que lo llamaba su padre (QEPD) y adoptando formalmente el que hoy lo identifica pĂşblica y legalmente. Pero en polĂtica —y en la antesala de ella— nada es casualidad.
Thor no es un improvisado. Es un empresario que ha padecido, como muchos, las embestidas de gobiernos indolentes; alguien que ha sido insistente —incĂłmodo, dirĂan algunos— en exigir apoyos reales para las MiPyMEs y la proveedurĂa local, y que no pierde oportunidad para señalar la tibieza de cámaras y organismos empresariales que han preferido la foto institucional antes que defender con firmeza a sus agremiados y generar impacto social en Ciudad Juárez, y peor aĂşn, de la clase polĂtica que solo entrega migajas.
ÂżPor quĂ© importa este movimiento? Porque en más de un cĂrculo —empresarial, polĂtico y social— Thor ya es visto como candidateable. Y cuando alguien empieza a ser mencionado, lo primero que se construye no es la plataforma, sino la marca personal. En ese contexto, el envĂo de la fotografĂa de su INE con el cambio de nombre no es menor: es identidad, es formalidad y es mensaje.
Más interesante aĂşn fue lo que vino despuĂ©s. En los medios que replicaron la nota, SalayandĂa se dio a la tarea de responder uno por uno los comentarios. Hubo algunos aplausos y mucho bullying. Pero ahĂ está la jugada fina: con eso logrĂł algo que durante años se le criticĂł no tener —reconocimiento en la calle, fuera de las cĂşpulas—.
Si fue estrategia, le saliĂł impecable.
Si fue “de chiripa”, también.
¿Será suficiente? Sin duda alguna no, pero al parecer el trueno ya sonó.
Hoy Thor se hará el modesto, dirá que no es para tanto, que no hay nada decidido, que él es feliz paseando a su “perrijo”, shalala, shalala… Pero lo cierto es que le está saliendo… y le está saliendo bien. La pregunta que flota en el ambiente no es si juega, sino de qué color se va a pintar el martillo: ¿naranja, azul, verde —se le ha visto muy cerca de Alejandro Pérez Cuéllar— o moreno?
Lo único claro es que alguna vez dijo —y varios lo recuerdan—: “Si me meto a competir, no será para perder”. Vale la pena empezar a ponerle lupa y cronómetro al “dios del trueno” empresarial. Apenas está calentando el brazo. A ver hasta dónde le da. Ojalá que sus convicciones puedan más que venderse al mejor postor.
Y ya que hablamos de suspirantes, pasemos al terreno de lo inexplicable, algo que raya en el humor negro.
Resulta que algún periodista tuvo a bien nominar para la gubernatura de Chihuahua al exalcalde juarense Armando Cabada. Hágame usted el favor. Está bien aquello de que “el que respira, aspira”, pero también aplica el principio básico de la realidad: tantita madre. Por favor y gracias.
Cabada en Juárez no dejó obra, no dejó rumbo, no dejó legado. La administración que encabezó es recordada por la opacidad, pleitos eternos, obras a medias y su nivel de aprobación hoy está más desinflado que globo olvidado en fiesta infantil. Y como legislador, la pregunta obligada es directa y sin rodeos:
¿qué ha hecho en estos cuatro años?
Respuesta corta y honesta: nada.
Como si a Morena no le bastara la carnicerĂa interna que ya se cocina —la corriente de Cruz que terminará en el Verde; la omnipresente en redes Andrea Chávez aguantando en el Senado, y Ariadna Montiel moviendo fichas desde el centro—, ahora pretenden meter otro jugador sin peso, sin resultados y sin narrativa.
No suma. Estorba.
No convence. Cansa.
Y para rematar este cuadro, desde la capital nos llega la noticia de que Marco Bonilla presume trofeo por haber obtenido el primer lugar nacional en desempeño y trabajo. Los “chihuahuitas” deben estar saltando de alegrĂa… o al menos eso dicen las encuestas pagadas.
Habrá que ver si esos números se traducen en realidad cuando crucen la puerta de la ciudad, o si son simplemente espejitos de colores para alimentar la precampaña. Porque una cosa es ser “primer lugar” en el papel y otra muy distinta es que el ciudadano de a pie sienta que su vida cambió más allá de la pintura de las fachadas.
Asà está el tablero:
un empresario que empieza a entender la lĂłgica de la calle;
un exalcalde que insiste en existir polĂticamente sin argumentos;
y un alcalde con galardones nacionales.
Esto apenas empieza. Y como siempre en Juárez y Chihuahua, no ganará el que más aspire, sino el que mejor se mueva, conecte y aguante. AquĂ no hay espacio para simulaciones prolongadas. La carrera ya arrancĂł, aunque algunos todavĂa finjan que solo están calentando.





