Algo se rompió en la narrativa del alcalde Cruz Pérez Cuéllar. No es una intuición: es un hecho político observable. Cuando un gobernante deja de hablar de ciudad, de resultados y de futuro, y decide concentrar su agenda pública en el pleito frontal, normalmente no es por fortaleza, sino por defensa. Cruz Pérez Cuéllar parece haber entrado en esa fase: la del político herido, reactivo, decidido a convertir cada lunes en una trinchera contra el PAN y a exhibir —con nombre y apellido— el nepotismo ajeno, como si eso alcanzara para exorcizar el propio desgaste.
Su primera “ofrenda” en este altar de la revancha fue el papá de Daniela Álvarez. ¡Qué nivel de altura política! Si me pegas, te pego con tu árbol genealógico. El alcalde, herido en su orgullo (y quién sabe si en algo más), ha decidido que la mejor forma de gobernar Juárez es recordarnos que en el PAN también saben lo que es el nepotismo. Gracias por la aclaración, señor alcalde, pero mientras usted se dedica a sacar los trapitos al sol de la familia Álvarez, los baches siguen ahí y la ciudad no se administra sola. Es el juego del “tú más”: una competencia para ver quién tiene la cola más larga, mientras los juarenses seguimos esperando resultados que no sean solo chismes de lunes por la mañana.
El problema es que esta lógica de vendetta permanente suele tener un efecto búmeran. Cuando todos son culpables, cuando el debate se reduce a quién tiene la familia más incrustada en el gobierno, el ciudadano no distingue vencedores; solo confirma una sospecha vieja: que la política local se volvió un pleito de clanes, no un ejercicio de gobierno. Y en ese terreno, nadie sale ileso.
Y hablando de espectáculos, ayer quien cimbró a la comentocracia local fue Adriana Terrazas, que ya merece un premio a la flexibilidad ideológica. Su trayectoria parece el mapa de una aerolínea con escalas infinitas: del PRI a Morena, luego un romance legislativo con el PAN y ahora, ¡sorpresa!, aterriza en Movimiento Ciudadano. Se supone que MC es el partido “ciudadano”, pero últimamente parece más un centro de reciclaje para políticos que se niegan a soltar la ubre del presupuesto.
Adriana no busca un proyecto; busca una silla, y en su maleta lleva a toda su gente lista para colonizar lo que quede del “movimiento naranja”. Al paso que vamos, para 2030 habrá militado en partidos que aún ni se inventan. Es el arte de sobrevivir a toda costa, recordándonos que en política la lealtad es un concepto que caduca con cada elección.
El caso Terrazas exhibe con crudeza uno de los grandes vicios de la política local y nacional: el reciclaje infinito de figuras que ya lo fueron todo y no quieren dejar de ser nada. MC suma nombres, sí, pero también carga lastres. Y eso, tarde o temprano, se paga en credibilidad.
Pero mientras en las cúpulas se pelean por los apellidos y se cambian de camiseta como si fueran calcetines, en las naves industriales de Juaritos el aire se siente pesado. El panorama para la maquila y el empleo ya no es solo “complicado”; es de terror. El miedo a perder la chamba se respira en las filas de entrada de las fábricas. No es solo una estadística: es ansiedad diaria, consumo contenido, proyectos familiares congelados.
Es una ironía cruel: tenemos políticos peleándose por ver quién es más pariente de quién, mientras los obreros que sostienen esta economía se preguntan si su gafete seguirá funcionando mañana.
Juárez sigue dando tumbos en un horizonte incierto. Es una lástima que toda esa energía que gastan en las “semaneras de la venganza” o en buscar nuevas siglas partidistas no se use para blindar lo único que realmente mantiene a esta ciudad de pie: el trabajo de su gente.
Pero bueno, supongo que para nuestra clase política es más divertido el chisme y el chapulineo que la cruda realidad de la calle.
¡Que sigan los lunes de teatro!





