Por Janeth Escobedo Román
Hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que escuchamos una noticia sobre violencia: ¿en qué momento dejamos de sorprendernos?
En Ciudad Juárez, hablar de violencia no es hablar únicamente de cifras, estadísticas o encabezados. Es hablar de una realidad que, poco a poco, puede comenzar a formar parte de la rutina. Una noticia más mientras desayunamos, una patrulla que vemos pasar, una conversación que cambia de tema después de comentar lo ocurrido y, al día siguiente, seguimos con nuestras actividades como si nada hubiera pasado.
Tal vez uno de los mayores peligros de vivir rodeados de violencia no sea únicamente el miedo que provoca, sino la capacidad que tenemos para acostumbrarnos a ella.
Nos hemos acostumbrado a escuchar que alguien fue víctima de un delito, a enterarnos de agresiones, desapariciones o asesinatos y continuar con el día. No porque no nos importe la vida de los demás, sino porque la repetición desgasta nuestra capacidad de reaccionar. Lo extraordinario se convierte en cotidiano y lo cotidiano deja de parecernos extraordinario.
Pero que algo sea frecuente no significa que deba ser normal.
La violencia no debería convertirse en parte del paisaje de una ciudad. Tampoco debería ser una condición que aprendamos a aceptar como inevitable. Cuando una sociedad empieza a considerar normal aquello que debería indignarla, también corre el riesgo de dejar de preguntarse qué está fallando.
Y aquí vale la pena hacer una pausa. Hablar de violencia no debería reducirse a señalar culpables después de que ocurre un hecho. Las autoridades tienen obligaciones fundamentales: prevenir, investigar, atender a las víctimas y combatir la impunidad. Pero una sociedad también necesita preguntarse qué está haciendo frente a lo que ocurre a su alrededor.
Porque la violencia no empieza únicamente cuando se comete un delito. También se alimenta de la indiferencia, del silencio y de la idea de que mientras no nos ocurra a nosotros, podemos seguir adelante.
En una ciudad fronteriza como Juárez, donde miles construyen su vida entre el trabajo, la familia, la escuela y los cruces de una frontera, la seguridad no debería entenderse solamente como la ausencia de delitos graves. También significa poder caminar sin miedo, regresar a casa, utilizar un espacio público y sentir que la ciudad nos pertenece.
Cuando dejamos de hacer alguna de esas cosas por miedo, la violencia ya modificó nuestra manera de vivir, aunque no hayamos sido víctimas directas.
También debemos mirar los cambios que pasan desapercibidos. La persona que evita cierta calle cuando oscurece, la familia que deja de salir por temor o la mujer que manda un mensaje al llegar a casa son señales de una sociedad que ha tenido que aprender a protegerse de aquello que no debería formar parte de su vida diaria.
Y quizá ahí está una de las preguntas más incómodas: ¿cuánto hemos cambiado para adaptarnos a la violencia? Porque adaptarse no siempre significa vencerla; a veces significa aprender a vivir con ella.
No podemos permitir que las nuevas generaciones crezcan pensando que tener miedo es parte de ser ciudadano o que desconfiar de los demás es una forma de protección. Si la violencia se vuelve costumbre, el riesgo no está solamente en el delito, sino en la pérdida gradual de nuestra sensibilidad frente al dolor ajeno.
Necesitamos recuperar la capacidad de indignarnos, pero también la de involucrarnos. No se trata de vivir con miedo ni de convertir cada noticia en alarma. Se trata de no perder de vista que detrás de cada cifra existe una persona, una familia y una historia que quedó marcada.
Ciudad Juárez ha demostrado muchas veces que tiene una enorme capacidad para salir adelante. Pero salir adelante no debería significar acostumbrarnos a lo que nos lastima. Una ciudad fuerte no es aquella que aprende a soportar la violencia en silencio, sino aquella que decide no aceptarla como parte inevitable de su identidad.
Quizá la pregunta no sea solamente cuándo comenzó a parecernos normal la violencia. La pregunta importante es qué estamos dispuestos a hacer para que vuelva a parecernos inaceptable.
Porque cuando dejamos de sorprendernos ante la violencia, no significa que haya dejado de doler. Significa que tenemos que volver a mirarla, hablar de ella y recordar algo fundamental: ninguna sociedad debería acostumbrarse a perder la tranquilidad como precio de vivir en ella.





