A veces las peores tormentas políticas llegan con sol y pancartas. Y eso fue exactamente lo que vivió el alcalde de Ciudad Juárez este lunes: una manifestación frente a las oficinas administrativas del Gobierno Municipal, exigiendo la cabeza del director de Regulación Comercial, Óscar Guevara, en una protesta que huele a hartazgo, acumulado como el polvo en un estribo olvidado.
Porque si algo sabe Juárez de los mercados –esos bazares de vida cotidiana donde el taco se negocia con la misma pasión que un voto–, es que el titular de Comercio, que no da pie con bola desde la muerte del señor Urquidi, ha convertido la dependencia en un nido de supuestos abusos que pican más que un chile de árbol.
Los vendedores de mercados como el de la colonia Hidalgo y otros puntos calientes se plantaron con cartulinas y megáfonos, acusando a Guevara de cobros exorbitantes por permisos para ambulantes –hasta 5,000 pesos por puesto, según denuncias que circulan como chisme en fonda– y “moches” que van de 300 a mil pesos, dependiendo del tamaño del mercado y el humor del inspector del día.
La gota que derramó el vaso fue la semana pasada, cuando Guevara ordenó despidos masivos en la Dirección, una movida que el alcalde Cruz Pérez Cuéllar respaldó en su rueda de prensa semanal con la frialdad de quien firma un cheque en blanco. “Es necesario reestructurar”, soltó el edil, como si los afectados fueran muebles viejos en lugar de empleados que han lidiado con la informalidad por años.
Guevara parece más recaudador que regulador, con inspecciones que huelen a extorsión disfrazada de orden público. Los comerciantes no piden lujos; piden equidad: permisos accesibles, sin “moches” que conviertan un puesto de elotes en un yugo financiero. Porque si Urquidi al menos mantenía un equilibrio, su sucesor parece decidido a desequilibrar todo, dejando a los comerciantes preguntándose si la regulación es para ordenar o para ordeñar.
El malestar no es nuevo, pero el alcalde ha preferido hacer oídos sordos a las denuncias de cobros indebidos, permisos a modo y abusos de inspectores. Hoy los comerciantes ya no aguantaron más. En su reclamo hay algo que va más allá de un funcionario incómodo: se trata de la percepción de que el Gobierno Municipal ha perdido el control de áreas sensibles, que se desgastan a golpe de improvisación y favoritismos.
Cruz Pérez Cuéllar, que suele tener olfato político, debería saber que cuando un grupo de comerciantes —ese motor silencioso de la economía fronteriza— se planta frente a su administración, no es por gusto. Es porque ya no encuentran otra puerta a la cual tocar. Y el costo político de ignorarlos puede ser más alto que el de cesar a un director que no da pie con bola.
Pero por si fuera poco el mal comienzo del día, el alcalde decidió agregarle drama a la jornada: pidió que se retiren los retenes militares de los accesos a Juárez y al Valle. Argumentó, con razón, que esas revisiones no han frenado la violencia ni los homicidios, y que solo entorpecen la movilidad de miles de juarenses. El diagnóstico es correcto: los retenes son más un acto de simulación que de seguridad. Pero el problema es quién lo dice.
Porque cuando un alcalde confronta públicamente a las fuerzas federales, sin respaldo visible del estado, termina quedando como el villano o como el héroe solitario, según el cristal con que se mire. En este caso, parece que Cruz está eligiendo pelear en demasiados frentes: con los comerciantes, con el Ejército, con su propio partido y con su propio desgaste. La estrategia luce más emocional que política.
Mientras tanto, en el lado azul del mapa, la gobernadora Maru Campos anda experimentando con sus propias intrigas de poder. Dicen que andaba aburrida y decidió mover las piezas del tablero: destapó a Santiago de la Peña, su secretario general de Gobierno, como posible aspirante a algo. ¿A qué exactamente? Nadie lo sabe. Pero el simple hecho de que lo haya “candidateado” suena a jugada de distracción o a ensayo interno para medir lealtades.
La gobernadora no da paso sin cálculo. Sabe que Marco Bonilla, en el estado, y César Jáuregui, en la capital, están creciendo como figuras con autonomía y peso propio. Lanzar a De la Peña al ruedo podría ser su manera de decir: “aquí la que reparte juego soy yo”. Pero también puede ser una señal de nervios: de que algo se mueve en las entrañas del PAN y ella quiere conservar el control del proceso.
En el fondo, lo de Maru parece más una travesura que una estrategia. Pero en política, incluso las travesuras tienen consecuencias. Y si algo ha demostrado el panismo chihuahuense es que las luchas internas suelen pasar factura en las urnas.





