No se necesitaba ser pitoniso para saberlo: Ariadna Montiel no se quedĂł de brazos cruzados. En polĂtica, los silencios son más elocuentes que los discursos, y el de la secretaria del Bienestar fue más bien una pausa estratĂ©gica. Hoy, con su reciente activaciĂłn pĂşblica, vuelve a dejar claro que no piensa permitir que Cruz PĂ©rez CuĂ©llar ni Andrea Chávez le arrebaten la candidatura por la gubernatura de Chihuahua. Es más, ni siquiera parece dispuesta a compartir la cancha. Se sabe desde que soltĂł aquella declaraciĂłn: “Chihuahua es un estado que me ha robado el corazĂłn”, como si el amor fuera un boleto de loterĂa que ella misma rifa.
Ariadna tiene algo que sus contrincantes internos no: estructura nacional y en todos los rincones. Una red social armada desde los programas del Bienestar, presencia nacional y una narrativa de “polĂtica cercana” que, guste o no, conecta con los sectores populares. Mientras Cruz se defiende de las balas polĂticas y de las reales que azotan a Juárez, y Andrea sigue más preocupada por el discurso ideolĂłgico que por los resultados tangibles en su gestiĂłn como senadora, aunado a las bronquitas que trae su padrino polĂtico Adán Augusto, Montiel teje fino, tendiendo puentes entre el centro del paĂs y el norte olvidado. Su “amor” por Chihuahua no es casual; es estratĂ©gico, un amor selectivo que bloquea rivales sin mancharse las manos. Porque Ariadna sabe que, en Morena, el fratricidio es el deporte favorito y la que controla los programas sociales controla los votos.
Lo curioso es que, en Chihuahua, donde la 4T parece tenerlo todo dividido, Ariadna se está convirtiendo en la pieza que podrĂa reorganizar el tablero. Su regreso al protagonismo no es un accidente mediático: es una estrategia preelectoral. Y si alguien conoce la maquinaria de Morena, es ella. El mensaje es claro: no habrá candidatura sin su venia, y menos si viene del grupo juarense. En tiempos donde la lealtad pesa más que la experiencia, Ariadna representa la “lĂnea directa” con Palacio Nacional y a eso no hay cĂłmo competirle.
Mientras tanto, acá en Juárez, la lluvia volvió a recordarnos lo que la burocracia prefiere olvidar: la tragedia no tiene calendario. Cuatro meses después del desastre en el norponiente, las autoridades apenas iniciaron la entrega de apoyos a los damnificados. Cuatro meses. En ese lapso, un ciudadano común paga créditos, levanta bardas, compra lonas y vuelve a empezar, mientras el gobierno —ese que se jacta de “no dejar a nadie atrás”— tarda una estación completa en reaccionar.
Lo que vivimos cada temporal no es un fenĂłmeno natural, sino polĂtico. No llueve tanto como se inunda la incompetencia. Porque los drenajes colapsan, las calles se hunden y las casas se pierden no por la fuerza del agua, sino por la ausencia de planeaciĂłn. Y mientras la ciudadanĂa se acostumbra a vivir entre baches y socavones, las autoridades se refugian en el eterno “ya estamos trabajando en eso”. La pregunta es: Âżcuándo exigiremos más como sociedad?
Los apoyos a damnificados por inundaciones en Juárez llegan con la lentitud de un caracol con resaca: hace cuatro meses, un aguacero en el norponiente dejó casas bajo el agua y familias en la intemperie, y solo ahora –con nuevas lluvias que amenazan repetir el drama– inicia la repartición de los fondos federales prometidos.
El municipio, con Cruz PĂ©rez CuĂ©llar al frente, anuncia que 200 hogares recibirán entre 20,000 y 50,000 pesos por daños, un gesto que suena a alivio, pero llega con el olor a tardanza que caracteriza a esta administraciĂłn. ÂżQuĂ© pasĂł en estos 120 dĂas? ÂżTrámites eternos, inspecciones que no inspeccionan o simplemente una priorizaciĂłn que pone 10 millones de pesos para conciertos de la UACJ por encima de techos rotos?
Esto revela un sistema que reacciona, no previene: mientras el norponiente se ahoga de nuevo, los 200 damnificados reciben cheques que no cubren ni la mitad de los daños, dejando a Juárez preguntándose si los recursos federales se diluyen en trámites o en prioridades equivocadas. PĂ©rez CuĂ©llar, en su rueda de prensa semanal, presume que “el cambio sigue”, ÂżdĂłnde tenĂa los ojos cuando el norponiente flotaba? Porque si cuatro meses es el tiempo para repartir ayuda, Âżcuánto tardará en prevenir la prĂłxima inundaciĂłn?
Y si hablamos de exigencias, los empleados del SAT ya perdieron la paciencia. Siguen en paro nacional, y no por un aumento millonario, sino por baños limpios, papel sanitario y metas laborales realistas. Una huelga asĂ deberĂa encender alarmas, no solo por lo simbĂłlico, sino porque desnuda la incongruencia de un gobierno que presume rĂ©cords de ingresos fiscales, pero ni siquiera puede garantizar condiciones básicas a su personal.
Desde el 14 de octubre, miles de empleados del SAT en todo el paĂs –incluyendo oficinas en Juárez– cruzan brazos contra condiciones que parecen de oficina de los 80: baños sin suministros básicos, metas que exigen milagros y un ambiente laboral que apesta a explotaciĂłn disfrazada de servicio pĂşblico.
La presidenta Claudia Sheinbaum, fiel a su estilo de minimizar lo que pica, lo califica de “asunto interno y que solo son unos pocos los alcistas” en su mañanera, como si un paro que afecta declaraciones, devoluciones y el flujo de impuestos fuera un capricho de oficina.
¡Qué descaro tan presidencial!: mientras el SAT recolecta miles de millones para el erario, sus empleados piden lo elemental: papel para limpiarse el… sudor de metas inalcanzables y baños que no sean un chiste higiénico.
El problema, claro, es que el poder se ha vuelto inmune al ridĂculo. Mientras la presidenta se enfoca en maquillar estadĂsticas y repartir discursos tranquilizadores, el paĂs se sostiene con cinta adhesiva: oficinas pĂşblicas sin recursos, ciudadanos desbordados y un aparato polĂtico más pendiente del 2027 que del presente.





