Las mesas de trabajo continúan, los discursos también… pero las acciones concretas, esas que de verdad importan, siguen ausentes. El inminente cierre del puente Córdova–Américas —una de las arterias más importantes del cruce fronterizo— ya no es una posibilidad: es una realidad que se avecina, y Ciudad Juárez parece aún sin plan. Mientras en El Paso y el condado de Doña Ana ya se discuten alternativas, aquí seguimos en modo “análisis”, como si el tiempo no apremiara.
Qué visión tan miope: si el puente es el pulso de la frontera, estas mesas son el electrocardiograma que late lento, sin chispazo que acelere el corazón. ¿Por qué no invertir en rutas alternas reales o en tecnología que al menos prediga el caos? Las entidades se felicitan por “diálogo constructivo”, pero los juarenses seguimos atascados, preguntándonos si estas mesas son para resolver o para posponer.
El tráfico, la movilidad, el comercio y la logística internacional están a punto de recibir un golpe serio, y lo único que tenemos sobre la mesa son reuniones, diagnósticos y buenas intenciones. Urge una estrategia integral de movilidad que contemple desvíos, señalización, coordinación interinstitucional y, sobre todo, comunicación con la ciudadanía. Pero nada de eso está claro aún. Juárez, como tantas veces, improvisará cuando el problema ya esté encima.
Y mientras se cierran puentes, las calles se siguen perdiendo a manos del hampa del transporte: las ruteras que parecen decididas a abrir caminos de caos propio. Casi un “ruterazo” diario, y no es exageración. La falta de control sobre el transporte público ha convertido el servicio en una ruleta de abusos, accidentes, unidades viejas y operadores sin capacitación ni sanción. Es el reflejo de un sistema que lleva años sin pies ni cabeza, donde la movilidad del ciudadano se deja al capricho de quien maneja el camión más viejo, más lento y más contaminante.
El problema del transporte en Juárez es ya una crisis estructural: rutas sin planeación, concesiones mal entregadas y una autoridad que finge regular algo que claramente no controla. Cada “ruterazo” debería ser motivo de indignación pública, pero la costumbre nos anestesió. Nos hemos vuelto expertos en esquivar baches, evitar camiones y sobrevivir a lo que debería ser un simple trayecto.
Y hablando de trayectos, parece que quien ya decidió el suyo es “El Caballo” Lozoya. Luego de su paso por la arena estatal donde perdió y de ahí brincó a una pluri de diputado federal, el exalcalde de Parral —ese político que ha cabalgado por cargos como quien cambia de montura en un rodeo— dice que podría volver a buscar la presidencia municipal.
¿Arrepentido de haber cabalgado hacia terrenos más grandes? ¿O simplemente buscando volver al corral donde aún le aplauden? Difícil saberlo, pero su mensaje deja entrever una retirada disfrazada de regreso. Lo cierto es que el “Caballo” parece haberse quedado sin pista y se echa al sur antes de que el norte se le haga pesado; su anuncio suena más a repliegue que a relanzamiento.





