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Ciudad Juárez, Chih. México
23 de marzo 2026
9:41 pm

Dirección: Héctor Javier Mendoza Zubiate

Agua, puentes y cerrojos

En Chihuahua, la tensión vuelve a respirarse en el aire del desierto. Julián LeBarón encendió las alarmas al acusar al Gobierno Federal de declarar la guerra al campo chihuahuense.

Sus palabras no son metáfora: son una advertencia que viene de quien ha vivido la violencia en carne propia y ha visto cómo el abandono del Estado se transforma en tragedia. El reclamo no es solo por los recortes o la burocracia, sino por una política nacional que ha dejado al productor rural a la deriva, sin subsidios, sin apoyo técnico y sin agua.

Julián LeBarón, el hombre que ha convertido su dolor en espada de justicia, acusa al Gobierno Federal de declarar la “guerra” al campo chihuahuense con una política hídrica que parece diseñada para secar la tierra antes que regarla.

LeBarón, desde su trinchera de activismo que ha iluminado fosas y exigido extradiciones, soltó el grito en una rueda de prensa que resonó como un trueno en el desierto: la decisión de Sheinbaum de cumplir al pie de la letra el Convenio de 1944, entregando 518 millones de metros cúbicos del Río Bravo a Estados Unidos entre mayo y octubre, no es diplomacia; es un asalto al corazón agrícola de Chihuahua, donde los productores ven sus presas vaciándose como vasos en una cantina seca. “Esto es una declaración de guerra contra el campo chihuahuense”, relinchó LeBarón, con la rabia de quien sabe que cada gota que cruza el Bravo es un nogal que se marchita y un jornal que se pierde en el viento.

El activista, que ha marchado de Sonora a la Ciudad de México y fundado colectivos que buscan desaparecidos, no habla por capricho: Chihuahua aporta el 70 % del agua del tratado, pero recibe migajas en retornos, con La Boquilla y las demás presas al 20 % de capacidad mientras Texas llena piscinas.

El campo del norte, históricamente símbolo de resistencia, hoy se siente traicionado. LeBarón lo dijo con crudeza: los agricultores ya no enfrentan al clima ni al precio del dólar, sino a un enemigo interno: el gobierno mismo.

Y mientras desde la capital se predican discursos de justicia social, la realidad de los labriegos es que cada ciclo agrícola se vuelve una ruleta rusa. Si esta es una “guerra”, como él la llama, lo cierto es que se libra sin balas, pero con facturas impagables y políticas centralistas que asfixian al productor más pequeño.

No se trata solo del agua o los granos: se trata del orgullo de una región que ha dado más al país de lo que ha recibido.

En lo local, otra historia —quizá más amable— parece tomar forma: la reanudación de la construcción del puente de la Vicente Guerrero y Francisco Villa, proyectado para el próximo año. Una obra que había quedado suspendida entre promesas, pretextos y rencillas entre los mismos militantes de Morena —léase Loera vs. Cruz— y que ahora promete dar un respiro al caos vial de la frontera.

Pero en Ciudad Juárez ya aprendimos a leer entre líneas: los anuncios de infraestructura suelen llegar con el calendario electoral bajo el brazo. El alcalde dice que son 400 millones de pesos de inversión en la ciudad y que no se deben desaprovechar. Ojalá el nuevo intento no se quede en el discurso de los renders coloridos ni en la primera piedra colocada frente a las cámaras. Juárez no necesita más promesas de concreto; necesita que el concreto se convierta en realidad.

Porque cada obra inconclusa termina siendo una cicatriz más en el rostro de una ciudad que carga demasiadas.

Mientras tanto, en la arena internacional, el reloj político en Washington avanza hacia el caos. El cierre del gobierno estadounidense hoy rompe el récord del más largo, y el presidente Donald Trump lo ha dejado claro: no cederá “ante la extorsión de los demócratas”.

El escenario es tan inédito como peligroso. Estados Unidos —esa maquinaria que durante décadas dictó el ritmo del mundo— hoy no puede ni pagar sus propias cuentas.

Trump, en su segundo mandato, juega una partida de poder con el Congreso, y cada día que pasa sin acuerdo, las consecuencias económicas y diplomáticas se acumulan.

Las agencias cierran, los empleados públicos quedan suspendidos, los programas se paralizan y el resto del planeta observa, a la vez preocupado y fascinado, cómo el gigante se detiene por decisión propia.

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