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Ciudad Juárez, Chih. México
23 de marzo 2026
6:30 pm

Dirección: Héctor Javier Mendoza Zubiate

El rey no ha muerto… entiendan

Ah, el dulce aroma de la política chihuahuense, ese perfume rancio que mezcla ambición con lealtad, como un tequila rebajado con agua de garrafón. Imagínense la escena: en las alturas del poder, una gobernadora que, con la gracia de un faraón egipcio, decreta hace apenas un mes: “¡Ténganme respeto! El rey no ha muerto. Detengan sus cabriolas presidenciales, que aún hay quien gobierna aquí!”. Y uno, que no era rey pero sí un peón con ínfulas de corona, decide ignorar el edicto real. Sergio Nevárez, el eterno sirviente de Juárez, se planta en un evento de Marco Bonilla —ese otro aspirante que huele a gubernatura desde kilómetros— y, ¡zas!, posa para la foto. No una foto cualquiera: una de esas que gritan “¡Aquí estoy, y no me voy a ninguna parte!”.

¿El resultado? Un adiós prematuro a la JMAS, esa Junta de Aguas que Nevárez dirigía con la devoción de un monaguillo. Hasta el 1 de diciembre, dice él, con un mensaje de despedida digno de telenovela barata: emotivo, lacrimógeno y con un subtexto que brilla como neón en la frontera. “Seguiré sirviendo a Juárez”, jura, “no se necesita un cargo público para ello”. Traducción al panista puro: “Queridos votantes, mi sueño de ser alcalde en 2027 no se evapora; al contrario, ahora soy un mártir, y los mártires ganan elecciones”. Entre líneas advierte que su maquinaria sigue encendida, que las aspiraciones no se disuelven como cloro en un tinaco. ¿Le alcanzará el fuelle? ¿O lo mandarán al olvido, reemplazado por Daniela Álvarez, ese comodín eterno del PAN, lista para sonreír mientras otros sangran por el trono?

Y mientras Nevárez empaca sus sueños en una maleta diplomática, la gobernadora Maru Campos —perdón, María Eugenia (no me vaya a “terminar el ciclo” a mí también)— asiente con la serenidad de quien sabe que, en política, las fotos matan más que las balas. “Cumplió su ciclo”, dice ella, con la frialdad de un veredicto judicial. Ciclo… qué palabra tan eufemística: como si no fuera un despido disfrazado de rotación de personal, sino el cierre natural de una temporada en Netflix. Porque entiendan: en este circo panista, la lealtad no es un valor, es una cuerda floja. Asistes al evento equivocado, sales en la selfie prohibida y tu “ciclo” se acorta como mandato de interino.

Pero vayamos al meollo, al jugoso “otro orden de ideas” que pica como chile en herida: ¿qué nivel de candidatos tendrá Juárez para su elección de alcalde en 2027? Si esto es el aperitivo, el plato fuerte promete ser un banquete de mediocridades. Del lado azul: Nevárez el resiliente, Bonilla el fotogénico y Álvarez la eterna suplente; un desfile de trajes a medida que prometen regar las calles pero olvidan que Juárez se ahoga en su propia sed. Y ahora, sorpresa: entra el senador morenista Juan Carlos Loera, no desde Anapra o Riberas del Bravo —no, faltaba más—, sino desde Campos Elíseos, ese oasis fifí donde el “pueblo” despierta con croissants orgánicos y lattes de avena. La paradoja de la 4T en toda su gloria: discursos de austeridad servidos en vajilla de mármol.

Ahí estuvo Loera el 17 de noviembre, a las ocho y media de la mañana, frente a 25 empresarios y políticos que parecían arrancados de un club de golf. Café caliente, copas de cristal con frutas exóticas, yogurt griego, chilaquiles gourmet —nada de tacos de la esquina, claro—, mientras suelta su perorata: “Juárez necesita cien mil millones de pesos para tapar el rezago”. Cien mil millones. (Cabe señalar que ese discurso se lo robó al Arq. José Luis Rodríguez). Como si estuviera presentando el presupuesto de una superproducción de Hollywood, cuando en realidad es el saldo de promesas rotas, baches eternos y sueños postergados. ¿Es esta la artillería pesada de la transformación? Más bien un brunch de ambiciones envueltas en hashtags.

Y para rematar el festín, llega el contrapunto perfecto: un priista de hueso colorado —Alejandro “Álex” Domínguez— se planta en la tribuna federal para cuestionar una ley contra la extorsión que huele a bozal para periodistas. La minuta del Senado, bendecida por Morena con fervor casi religioso, incluye una fracción del artículo 17 que permite censurar, limitar o clausurar medios bajo el noble pretexto de “seguridad”. Domínguez, con el temple de quien ha visto demasiados circos incendiarse, presenta una reserva para amputar esa cláusula venenosa: “Una ley fuerte no debe cerrar la puerta a los medios, sino abrir el camino a la rendición de cuentas”. Porque, entiendan: en un país donde la extorsión no es solo crimen organizado sino también deporte favorito de los poderosos, esta ley podría silenciar voces que destapan cloacas. Voces que sí arriesgan el pellejo en las calles reales, no en salones con valet parking.

Morena rechaza la reserva, por supuesto, con la altanería de quien cree que la verdad es prescindible. Y Juárez, frontera eterna de contrastes, se ríe con amargura: de un lado, reyes que no mueren; del otro, leyes que matan silenciosamente.

En este carrusel rumbo al 2027, ¿quién ganará? ¿El mártir de la JMAS, el brunchero transformador o la suplente sonriente? ¿Dejará Mayra Chávez —sin aspavientos— llegar a Loera? Ah, esa sí sería una revancha digna de guion: la que esperó en las sombras, tomando nota de todos los tropiezos, y ahora, con una ceja arqueada, podría barrer el tablero sin derramar media gota de café fifí. Porque en política, como en la vida, los verdaderos reyes no posan: esperan su turno, con una sonrisa que corta más que cualquier decreto.

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