No sabemos ni cĂłmo empezar esta columna. Y no por falta de ideas, sino por exceso de vergĂĽenza ajena. Porque lo que ocurriĂł ayer en Ciudad Juárez no es anĂ©cdota menor ni chiste polĂtico: es el retrato fiel del nivel de circo en el que hemos permitido que se convierta la vida pĂşblica local.
Ahora resulta que el “honorable” Cabildo —honorable solo por el nombre, porque los hechos cuentan otra historia— decidiĂł entrar en sesiĂłn solemne para jugar a la polĂtica como si estuvieran en la mesa de una cantina de pueblo. En lugar de discutir seguridad, migraciĂłn, violencia contra las mujeres, crisis humanitaria o desarrollo urbano, se pusieron a fantasear con ponerle el nombre de AndrĂ©s Manuel LĂłpez Obrador al edificio del PAN.
SĂ. A eso llegaron.
Mientras la ciudad arde por mĂşltiples frentes, nuestros regidores se dedicaron a provocar, a burlarse, a estirar la liga del ridĂculo. No para construir, no para resolver, sino para incomodar al adversario polĂtico y arrancar aplausos baratos en su burbuja ideolĂłgica. PolĂtica de kĂnder, financiada con recursos pĂşblicos.
El problema no es solo la ocurrencia —que ya de por sĂ es grotesca—, sino lo que revela: una clase polĂtica desconectada, frĂvola, ensimismada, incapaz de distinguir entre lo simbĂłlico Ăştil y la provocaciĂłn estĂ©ril. Como si la ciudad no tuviera problemas reales. Como si Juárez pudiera darse el lujo de perder el tiempo en payasadas institucionales.
Porque mientras ellos juegan al escarnio polĂtico, la realidad sigue golpeando con fuerza. AhĂ está la frontera convertida en laboratorio del dolor humano: detenciones como polĂtica migratoria en nuestra vecina ciudad, que separan familias y dejan hijos huĂ©rfanos; sufrimiento como saldo cotidiano. Familias rotas, personas tratadas como mercancĂa, derechos humanos reducidos a estorbo. Ese es un tema que amerita sesiones completas, posturas firmes y coordinaciĂłn binacional. Pero no: mejor el show.
Y si volteamos hacia dentro, el panorama es todavĂa más indignante. Colonias enteras de Ciudad Juárez concentran altos Ăndices de violencia contra las mujeres: fĂsica, psicolĂłgica y sexual. Historias que no caben en discursos ni en hashtags, pero que exigen acciones urgentes, polĂticas pĂşblicas, presupuesto y seguimiento.
ÂżEscuchĂł usted algo de eso en el Cabildo? No. Estaban ocupados jugando a ver cĂłmo incomodar al PAN con el nombre de un edificio.
Este es el verdadero insulto. No a un partido, no a un expresidente, sino a la inteligencia de los ciudadanos. Porque cada minuto que el Cabildo dedica al circo es un minuto que le roba a la ciudad. Cada sesión convertida en burla es una renuncia tácita a gobernar.
La polĂtica juarense ha tocado fondo: un Cabildo que ignora el dolor real por chistes de bar. Detenciones que destrozan hogares, violencia que encierra a mujeres en el miedo, y ellos discutiendo nombres de edificios. Es un asco que clama cambio.
Y aquĂ la pregunta incĂłmoda, pero necesaria: Âżen quĂ© momento los ciudadanos vamos a quitarle el poder a esta clase polĂtica? ÂżCuándo vamos a dejar de normalizar la mediocridad, la payasada y la provocaciĂłn sin sustancia? Porque esto no es un desliz aislado; es una forma de hacer polĂtica que se ha vuelto costumbre.
Juárez no necesita regidores ingeniosos para la burla; necesita representantes serios para la crisis. No necesita sesiones solemnes para el sarcasmo, sino para enfrentar la violencia, la migración, la desigualdad y el abandono institucional. Lo demás es ruido. Y del más barato.
AsĂ que sĂ, el asco es comprensible. Pero más grave serĂa resignarnos.





