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Ciudad Juárez, Chih. México
5 de septiembre 2026
3:39 am

Dirección: Héctor Javier Mendoza Zubiate

La salud mental no debería necesitar una tragedia para importarnos

Por Janeth Escobedo Román.

“No todo lo que duele se ve, pero todo lo que duele merece ser atendido.”

Septiembre llega cada año con una conversación que durante mucho tiempo preferimos mantener en silencio: la salud mental.

Durante este mes escuchamos hablar de prevención, bienestar emocional, depresión, ansiedad y suicidio. Aparecen campañas, publicaciones, conferencias y mensajes que nos recuerdan que pedir ayuda está bien y que hablar puede salvar vidas.

Y qué bueno que septiembre nos obligue a hablar de ello.

Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿Qué sucede cuando septiembre termina?

Porque la ansiedad no desaparece el 30 de septiembre. La depresión no entiende de calendarios. El cansancio emocional no se toma vacaciones y una persona que atraviesa una crisis no deja de necesitar ayuda porque terminó el mes de concientización.

La salud mental no puede convertirse en una conversación de temporada.

Durante años hemos aprendido a reconocer solamente aquello que podemos ver. Si alguien tiene una herida, la atendemos. Si tiene fiebre, buscamos un médico. Si se rompe un hueso, nadie le dice que “le eche ganas” para que se cure.

Pero cuando lo que duele está en la mente, nuestra respuesta suele ser diferente.

“Échale ganas.” “Todo está en tu cabeza.” “Ya se te va a pasar.” “Hay personas que están peor.”

Frases que quizá se dicen con buena intención, pero que pueden terminar haciendo que una persona se sienta todavía más sola.

Y entonces sucede algo peligroso: aprendemos a esconder lo que sentimos.

Sonreímos, aunque estemos agotados. Contestamos “bien” cuando no lo estamos. Seguimos trabajando, estudiando, saliendo y cumpliendo responsabilidades porque creemos que mientras podamos funcionar, nadie tiene por qué preocuparse.

Pero funcionar no siempre significa estar bien.

En Ciudad Juárez, hablar de salud mental no debería ser una cuestión secundaria. Un estudio presentado en el Informe de Salud 2025 señaló que 24.8 por ciento de las personas participantes reportó tristeza y pérdida de placer en actividades que antes disfrutaba, síntomas asociados con depresión. El mismo análisis identificó síntomas de ansiedad o depresión en una parte importante de la población estudiada.

Detrás de cada porcentaje hay una persona.

Alguien que puede estar sentado junto a nosotros en una oficina, en un salón de clases, en el transporte público o incluso en nuestra propia casa.

Y quizá no lo sabemos porque nunca aprendimos realmente a preguntar.

Preguntar “¿cómo estás?” es sencillo. Lo difícil comienza cuando alguien responde: “No estoy bien”.

Ahí es donde necesitamos cambiar.

Necesitamos aprender a escuchar sin minimizar y acompañar sin juzgar. No deberíamos esperar a que alguien tenga un diagnóstico para creerle, ni a que llegue al límite para considerar válido su sufrimiento.

Nadie debería tener que demostrar que está suficientemente mal para merecer ayuda.

También debemos hablar de acceso. Porque no basta con decirle a una persona que vaya al psicólogo si recibir atención representa un gasto que no puede asumir, si desconoce dónde acudir o si debe esperar demasiado para ser atendida.

La salud mental también es un asunto de política pública.

Las instituciones tienen la responsabilidad de garantizar servicios accesibles y oportunos, pero la sociedad tiene otra tarea igual de importante: dejar de estigmatizar.

Una persona que acude con un psicólogo no está exagerando. Alguien que recibe tratamiento no está loco. Una persona que reconoce que no puede sola no es débil.

Quizá, por el contrario, hace falta mucha valentía para decir: “Necesito ayuda”.

Por eso septiembre debería ser algo más que un mes lleno de mensajes.

Debería ser un punto de partida.

Un recordatorio de que la prevención comienza mucho antes de una crisis: en una conversación, en una familia que decide escuchar, en una escuela que detecta señales, en un centro de trabajo que entiende que sus empleados también son personas y en una institución que ofrece atención antes de que la situación se convierta en una emergencia.

Porque muchas veces nos preguntamos qué pudimos haber hecho después de una tragedia.

Tal vez deberíamos preguntárnoslo antes. Antes de que alguien abandone sus estudios. Antes de que deje de salir de casa. Antes de que deje de reconocerse a sí mismo. Antes de que llegue al hospital. Antes de que sea demasiado tarde.

Septiembre terminará. Las campañas terminarán. Las publicaciones dejarán de aparecer en nuestras redes y volveremos a ocuparnos de las prisas de todos los días.

Pero el dolor de muchas personas continuará.

Por eso, si realmente queremos hablar de salud mental, no podemos hacerlo solamente durante un mes ni recordar su importancia únicamente cuando ocurre una tragedia.

La prevención no consiste en llegar después a recoger los pedazos. Consiste en escuchar antes de que alguien se rompa.

Porque esperar a que una persona esté al borde del abismo para preguntarle cómo está no es prevención.

Es llegar tarde.

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