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Ciudad Juárez, Chih. México
4 de octubre 2026
8:09 pm

Dirección: Héctor Javier Mendoza Zubiate

Desapariciones: familias buscadoras y respuestas ausentes

Por Janeth Escobedo Román

“Una persona desaparecida no es una cifra: es una silla vacía, una llamada que no llega y una familia que aprende a vivir con preguntas”.

Cada vez que se localizan restos humanos en algún punto del país, la noticia ocupa titulares, genera indignación durante algunos días y provoca una inevitable discusión sobre la violencia que vivimos. Sin embargo, detrás de cada hallazgo existe una realidad mucho más profunda: la de miles de familias que siguen buscando a alguien que un día salió de casa y nunca regresó.

Las desapariciones se han convertido en una de las heridas más dolorosas de México. No solo porque representan una violación grave a los derechos humanos, sino porque condenan a las familias a una incertidumbre permanente. La muerte, por dura que sea, permite despedirse; la desaparición obliga a vivir entre la esperanza y el miedo, entre la posibilidad del regreso y el temor de encontrar una respuesta que nadie desea recibir.

Ciudad Juárez conoce bien esa realidad. Durante años, la frontera ha sido escenario de historias de personas que desaparecen sin dejar rastro. Hombres, mujeres, jóvenes y trabajadores que, de un momento a otro, dejan de contestar el teléfono, no llegan a casa o simplemente se esfuman de la rutina cotidiana. Detrás de cada ficha de búsqueda hay padres que no duermen, hermanos que recorren calles preguntando y madres que convierten la búsqueda en una forma de vida.

Con frecuencia, las desapariciones se analizan desde la estadística. Se habla de carpetas de investigación, registros oficiales y números acumulados. Es información necesaria para comprender la dimensión del problema, pero insuficiente para entender su impacto humano. Ninguna cifra puede explicar lo que significa poner un plato más en la mesa por si acaso alguien vuelve. Ningún reporte oficial puede describir el dolor de recorrer hospitales, fiscalías, centros de detención y terrenos baldíos con la esperanza de encontrar una pista.

Lo más preocupante es que la normalización amenaza con convertirse en otro problema. Cuando las desapariciones dejan de sorprendernos, el riesgo es que también dejemos de exigir respuestas. Nos acostumbramos a leer nombres en redes sociales, compartir fichas de búsqueda y continuar con nuestras actividades como si se tratara de una noticia más. Pero para las familias no existe la posibilidad de pasar la página. Cada día sin respuestas es una extensión del sufrimiento.

La responsabilidad de atender esta crisis corresponde principalmente a las autoridades. Investigar con rapidez, coordinar esfuerzos institucionales, garantizar búsquedas efectivas y brindar atención digna a las víctimas no debería ser una excepción ni depender de la presión mediática. La búsqueda de personas desaparecidas no puede limitarse a reaccionar cuando un caso se vuelve visible; requiere voluntad permanente, recursos suficientes y resultados que permitan devolver la confianza a una sociedad cada vez más cansada de esperar.

Sin embargo, también existe una responsabilidad colectiva. La indiferencia es una forma silenciosa de abandono. Cuando una familia comparte una ficha de búsqueda, cuando participa en una brigada o cuando levanta la voz para exigir justicia, está haciendo un trabajo que nunca debió recaer únicamente en sus manos. Escuchar, acompañar y mantener viva la exigencia de verdad son formas de recordar que detrás de cada desaparición existe una historia que merece ser encontrada.

México no necesita acostumbrarse a las desapariciones. Tampoco Ciudad Juárez. La verdadera medida de esta crisis no está en los informes, en las conferencias o en los comunicados oficiales. Está en el contraste de dos miradas: la de las autoridades cuando presentan avances y la de las familias que siguen esperando respuestas. Mientras unas hablan de expedientes, estadísticas y procedimientos, las otras continúan mirando una fotografía, aferradas a la esperanza de volver a abrazar a quien falta. Y entre esas dos caras se encuentra la distancia que todavía nos falta recorrer para encontrar verdad, justicia y, sobre todo, humanidad.

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