Por Janeth Escobedo Román
Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia: un niño sentado frente a una pantalla mientras los adultos que lo rodean también permanecen absortos en sus teléfonos. Comparten el mismo espacio, quizá la misma mesa, pero no necesariamente la conversación. Cada uno está conectado a un mundo distinto y, en medio de esa aparente tranquilidad, surge una pregunta incómoda: ¿Qué estamos dejando de compartir con las nuevas generaciones?
La tecnología llegó para transformar nuestra manera de comunicarnos, aprender y relacionarnos. Sería absurdo negar sus beneficios o pretender que la infancia permanezca ajena a los cambios de una sociedad cada vez más digitalizada. El problema no es que los niños utilicen dispositivos electrónicos, sino que estos comiencen a ocupar espacios que necesitan para desarrollarse, descubrir su entorno y construir relaciones con quienes los rodean.
La conversación no debería limitarse a cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino a qué consumen, qué aprenden, qué dejan de hacer y qué tan presentes estamos los adultos mientras crecen.
La infancia necesita mucho más que entretenimiento inmediato. Necesita jugar, hacer preguntas, equivocarse, aburrirse, imaginar historias, correr, convivir y aprender a resolver conflictos. Necesita descubrir que no todas las respuestas aparecen con un movimiento del dedo y que las relaciones humanas requieren tiempo, paciencia y atención.
Pero ¿Qué sucede cuando el teléfono se convierte en la solución más rápida para calmar un berrinche, mantener entretenido a un niño durante una comida o evitar que se aburra mientras los adultos realizan otras actividades? En determinadas circunstancias, recurrir a una pantalla puede resultar práctico. Las familias enfrentan jornadas laborales, responsabilidades y cansancio; sería injusto ignorar esa realidad. El problema aparece cuando una herramienta ocasional se convierte en sustituto habitual de la convivencia y del acompañamiento.
También es necesario mirar hacia los adultos. Con frecuencia exigimos a los niños que dejen sus dispositivos, mientras nosotros respondemos mensajes durante una conversación, revisamos notificaciones en la mesa o interrumpimos un momento familiar para mirar la pantalla. Pretendemos enseñarles a controlar aquello que, muchas veces, nosotros mismos no sabemos apartar.
No podemos pedirles presencia si nuestra atención está constantemente en otra parte.
La responsabilidad tampoco consiste en prohibirlo todo. La tecnología puede acercar conocimientos, desarrollar habilidades y abrir oportunidades educativas. Lo que necesitan niñas, niños y adolescentes son límites adecuados a su edad, orientación sobre los riesgos digitales y adultos dispuestos a escuchar, explicar y compartir con ellos tanto las posibilidades como las dificultades de ese entorno.
Esta reflexión también nos corresponde como sociedad. Las familias necesitan espacios públicos seguros donde la niñez pueda jugar; las escuelas deben fortalecer la educación digital y las comunidades pueden promover actividades deportivas, culturales y artísticas que ofrezcan alternativas de convivencia. No basta con señalar el problema si no ayudamos a construir entornos donde los niños tengan oportunidades reales de desarrollarse más allá de una pantalla.
Quizá la pregunta más importante no sea cuánto tiempo pasan los menores conectados, sino cuánto tiempo de calidad estamos dispuestos a compartir con ellos. Porque ninguna aplicación puede sustituir por completo una conversación, ninguna notificación puede reemplazar el acompañamiento de una persona de confianza y ningún contenido digital debería convertirse en el único horizonte de una infancia.
Los niños no necesitan crecer desconectados de la tecnología; necesitan aprender a vivir con ella sin perder la capacidad de relacionarse con el mundo que existe fuera de sus dispositivos. Y eso comienza con el ejemplo, con los límites y con la disposición de los adultos para estar presentes.
Al final, las pantallas seguirán encendidas, las aplicaciones cambiarán y surgirán nuevas herramientas. Lo que no podemos permitir es que, mientras intentamos mantener a los niños entretenidos, terminemos ausentes de una etapa de su vida que no volverá.
Porque el verdadero riesgo no es que una pantalla ocupe las manos de un niño, sino que termine ocupando el lugar de la atención, el tiempo y la presencia que necesita para crecer.





