Empecemos con el regreso a clases, que en Juárez no es un evento, sino un viacrucis económico que pone a sudar a cualquier familia. La Profeco, esa eterna defensora del consumidor que siempre llega tarde al rescate, calcula que los padres gastarán hasta 4,500 pesos por hijo en útiles, uniformes y demás. ¡Qué ganga! Un cuaderno que en Acapulco cuesta 19.50 pesos aquà te lo venden como si fuera de cuero fino, y unas tijeras escolares alcanzan precios dignos de un bisturà quirúrgico. ¿Y la Feria de Regreso a Clases? Un oasis de descuentos del 15 al 50 %, dicen, pero con 14,000 personas esperadas, parece más un mercado de pulgas que una solución real.
Mientras el calendario escolar se ajusta al 1 de septiembre para darnos una semana más de “descanso”, el verdadero descanso serĂa un gobierno que no permita que un lápiz cueste lo mismo que un almuerzo. Pero no, en Juárez, educar a tus hijos es como pagar un rescate: caro, doloroso y sin garantĂas.
Pero si hablamos de golpes, pocos pegan más que la indiferencia. En la UACJ, una vĂctima de abuso denuncia que el agente ministerial asignado a su caso no ha tenido ni un solo contacto con Ă©l. Cero. Nada. Silencio absoluto. En un paĂs donde el discurso oficial se llena la boca de “cero tolerancia”, aquĂ tenemos otro ejemplo de tolerancia total… a la omisiĂłn.
La vĂctima, con el valor de alzar la voz, se topĂł con un muro de silencio: el Ministerio PĂşblico no lo contacta, no lo actualiza, no le da ni una migaja de esperanza. La FiscalĂa Zona Norte, esa instituciĂłn que deberĂa ser un faro de justicia, prefiere jugar al telĂ©fono descompuesto, dejando al joven en un limbo donde el trauma se mezcla con la impotencia.
ÂżY la UACJ? Brillando por su ausencia, como si un escándalo de abuso en sus filas fuera solo un inconveniente menor. En una ciudad donde los cuerpos se apilan en crematorios y las denuncias se archivan en el olvido, esta historia es un recordatorio cruel: en Juárez, las vĂctimas gritan, pero las autoridades están sordas.
Y en medio de esta ciudad que camina entre la crisis y la desidia, la Casa del Migrante alza la voz para pedir ayuda a una comunidad que ya está con el agua al cuello. Este refugio, que ha sido un salvavidas para miles de migrantes varados en la frontera, ahora enfrenta una crisis de recursos. Necesitan comida, ropa, productos de higiene, pero, sobre todo, necesitan que alguien voltee a verlos. En una ciudad donde los puentes internacionales son un embudo y los comités binacionales solo generan comunicados, los migrantes son los eternos olvidados. La Casa del Migrante no pide lujos, pide lo básico: un poco de humanidad en una frontera que parece haberla perdido.





